Soñé con mi hermana recién fallecida. Hablaba con ella y le decía que la extrañaba, de repente había otra igualita, sin enfermedad que me decía que seguiría siempre conmigo y que podíamos platicar cada que yo quisiera… yo asentía.
Montsy, le decíamos de cariño. No hay otra manera de nombrarla, Montserrat es un nombre muy bello, en ella lucía como brillo natural. Nació enferma, pero no me gusta pensar en eso de la enfermedad, el síndrome que tenía, de Rett, no es tan importante, creo, no tanto como lo que me enseña todavía.
Mucho tiempo me senté a su lado, antes de dormir, en nuestro cuarto y le preguntaba muchísimas cosas, le pedía por favor que me respondiera algo, una palabra, y yo tan inmadura en mi infancia hasta lloraba pensando que ella no quería hablar conmigo. Y sí que lo hacía, su lenguaje en los ojos fue íntimo, amoroso, tan lleno de luz, y yo que apenas lo estaba aprendiendo no entendía todo, por mi corta edad y por el mundo, que exige tanto y es tan absurdo.
Mi hermana no le pedía al mundo una casa lujosa, ni platillos costosos o ropa fina. Tampoco entendía de las reglas que nos someten, eso de ir a estudiar los que otros piensan que debemos aprender, nunca fue competidora, gracias a Dios, de ninguna calificación y cuando creció tampoco buscaba vestirse como mujer de pasarela, ni aspiró ningún momento a reina de belleza en ningún lado.
En aquella edad, yo creía que ella era la que desentonada, la rara, la que no encajaba en ningún lado, la que siempre era juzgada, junto con su familia claro. ¿Quién va a comprender algo que nunca ha vivido? los grados de entendimiento humanos, los reales no vienen en ningún curriculum, son cosa del alma.
Sus virtudes, innumerables, como sus carcajadas, sus aplausos hasta en misa cuando se debía permanecer en silencio, sus ademanes, gritos incluso y palabras desarticuladas fueron esa escuela que ahora entiendo. Nada era normal, sino maravilloso.
¿Quién se asombra tanto cuando ve la espuma del mar llegar a la orilla?
¿Quién ama tanto la vida para gritar de gusto al ver su manifestación sencilla, la más simple como para aplaudir con esa alegría? La sonrisa más inmensa, de verdad.
¿Quién es tan noble que su grado de empatía es sanador con apenas mirarte?
¿Quién te abraza al grado de aplastarte sin medición alguna?
Mi hermana.
Ya agonizando, a su lado, me sentaba para tomar su mano, ella no dejaba de acariciarla, despacito, con unos cuantos dedos, sin presión pero sí con el agradecimiento de un ser especial, de una persona encarnada aquí en un cuerpo disfuncional que emanaba la más bella luz, paciencia infinita, calidez fuera de este plano.
Esa comprensión divina tuya, mi Montsy, precioso angelito, tanta alegría te daba casi todo, mirabas como si contemplaras a un ser igual al tuyo, ahora entiendo que lograbas ver más allá de lo común, que tu rutina era un ritual de agradecimiento a la vida, que jamás paraste de ser considerada. Todavía recuerdo que a pesar de tu dolor y de tus llagas, de las escaras que destilaban tu carne con lentitud y pobredumbre, nunca te quejaste de las curaciones torpes que te hacíamos, de nuestros retorcijones al verte mal, de nuestro llando inmundo por tu dolor, del cual nunca maldijiste nada. No fuiste humana, sólo utilizaste un cuerpo para venir a darnos cátedra, no nos llevamos nada al dejar el cuerpo, nada, más que el amor que cosechamos, te llevaste grandes frutos, tantos, como paraíso completo, que demostrarte tener en vida terrenal, como muestra de tu infinitud...
Gracias preciosa Luz Alicia Montserrat Arce Mejía por seguirme asistiendo, no es fácil seguir aquí.
Te sigo amando, cada día más bonita.
Me falta hacer ese video con tus fotos, me lo pidió mi mamá. Tenía miedo de hacerlo...
Nadia Arce
28 de septiembre 2026

