martes, septiembre 01, 2026

DUELOS PERMANENTES

No sé si abrí una botella lanzada al mar para el Dios de las palabras. No debí abrirla, no estaba dirigida a mí, ni siquiera sé si soy yo esa luciérnaga roja que se apaga. El dolor está instalado. Yo, rota, a ratos no. Consigo la vida con la muerte a cuestas, como todos. No tengo ganas de tener ganas, no sé ni siquiera si quiero algo porque cuando me descubro en algún anhelo, encuentro los argumentos para no necesitarlos. ¿Es raro? ¿será mi edad? ¿mis triunfos, mis abismos? ¿por qué este agotamiento extremo? ¿será  un conjuro que no logro vencer? ¿quién eres tú el que me está leyendo? ¿o la que me recorre con la mirada por todas estas letras? 

      Basta con reconocer que escribo para mí. He estado divagando en laberintos por largo tiempo, me encuentro observando alguna planta, acariciando los pétalos de las flores más extrañas. Sintiendo que otra vez el pasto que cubre al planeta es una novedad, el cielo acostumbrado a mis ojos en los atardeceres es ahora el que me mira. Sé quién soy, más no sé lo qué le pasa a lo que sigo siendo, tal vez el cambio fue tan brutal que necesito reeducar mi propia relación conmigo. Seguir libre, solígama, poeta. 

    Los deseos
están de oferta. Pero yo, prefiero ahorrarme. El mundo es un arsenal de consumismo, así que no vendo lo poco que he podido reunir, apenas el anhelo del descanso o de un café por las mañanas. Ya no sé si un libro o un cuaderno, o los audífonos o alguna pantalla, me estoy obligando a seguir el mandato de un día a la vez, y así tal vez mañana… me sorprenda. 


Nadia Arce

1 de septiembre 2026


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